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La Elección Ejidatal
Cosechando Cambio
January 20, 2026

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Durante años, la aritmética funcionó.
El agua llegaba por el canal con la regularidad suficiente para que la alfalfa se cosechara, se empacara y se vendiera según sus previsiones. El campo respondía al trabajo con previsibilidad. Y también los ingresos.

El profesor Castillo dedicó gran parte de su vida a la enseñanza en la preparatoria local. Ahora, como comisariado del ejido de Cuatro Ciénegas, imparte una lección diferente: qué sucede cuando las viejas reglas aritméticas ya no son válidas.
Un ejido es una forma de propiedad comunal de la tierra establecida en México después de la Revolución, donde los miembros poseen derechos de uso y toman decisiones conjuntas sobre la tierra y el agua. En Cuatro Ciénegas, esa estructura colectiva convierte la hidrología en una negociación social, al igual que la agricultura.
Se encuentra al borde de un campo que ha cultivado desde que el ejido le otorgó el derecho a trabajarlo en la década de 1990. La tierra aún conserva las huellas del cuidado: el terreno nivelado, las compuertas reparadas, el orden. Pero la confianza que antaño organizó ese trabajo se ha desvanecido. El agua de La Becerra llega de forma irregular, si es que lo hace.

Cuando el profesor Castillo obtuvo por primera vez los derechos para cultivar estas tierras, la alfalfa parecía un cultivo confiable. Un agricultor podía contar con varias cosechas al año. El agua llegaba con la frecuencia suficiente para que el esfuerzo se tradujera en cosecha, y la cosecha en dinero.
Ahora los márgenes son más ajustados.
“El modelo antiguo funcionaba cuando el agua estaba más asegurada”, dice Castillo. “Ahora las cifras te castigan más rápido”.

La primera respuesta a esa escasez fue la habitual: pedir más agua, perforar más profundo, ampliar la infraestructura y esperar que la siguiente temporada compense la anterior. A corto plazo, era una medida racional. A escala de cuenca, resultó desastrosa.
Castillo ha empezado a experimentar con cultivos como el nopal forrajero, no por sentimentalismo, sino porque las cifras han cambiado. Un cultivo que consume menos agua y genera mayor valor no es una corrección filosófica. Es una estrategia de supervivencia.
El cultivo tradicional de alfalfa en este valle exige todo a la vez: agua, nivelación, drenaje, control de malezas, mano de obra y planificación. Si falla un aspecto, los demás se resienten.
Y el riesgo no se comparte de manera uniforme.

Los grandes compradores pueden abastecerse en otros lugares. Quienes cuentan con capital pueden absorber la volatilidad o dedicarse a otros negocios. Muchos ejidatarios no pueden. Muchos son mayores. Sus hijos a menudo no quieren trabajar en el campo. Un sustento que antes les brindaba continuidad, ahora se ve empañado por la incertidumbre.
La hidrología de la cuenca reaparece aquí como una cuestión de matemáticas domésticas. Lo que falla en los canales y las lagunas acaba por repercutir en las cocinas, las deudas y las mudanzas.

Aproximadamente a 250 kilómetros al sur de Cuatro Ciénegas, la carretera llega a Viesca, otro asentamiento desértico moldeado por el agua y luego por su desaparición. Allí, manantiales y un río alguna vez sustentaron un pueblo hasta que el bombeo superó la capacidad de reabastecerse y se convirtió en un pueblo fantasma en la década de 1950.
Lo que queda no es solo una advertencia hidrológica, sino también social. Los lugares no pierden agua de manera uniforme, ni tampoco la afrontan de la misma forma.
Viesca no es Cuatro Ciénegas. Es lo que sucede cuando un sistema hídrico cambia más rápido de lo que el entorno humano puede adaptarse.
En Cuatro Ciénegas, esa adaptación ha comenzado, aunque de forma desigual.
Los ejidatarios, que antes veían con recelo la intervención externa, ahora participan en parcelas demostrativas, monitoreo, reuniones técnicas y conversaciones con científicos y personal de conservación. Castillo lo expresa claramente: “No necesitamos caridad. Necesitamos opciones que realmente funcionen”.

Lo que está cambiando no es solo la práctica. Es la imaginación.
La idea de que la prosperidad siempre implica un mayor consumo de agua está empezando a desvanecerse. El nopal que crece al borde del campo no es un cultivo cualquiera. Es prueba de que una ecuación diferente puede ser posible.
La hidrología no solo falla en las rocas. Falla entre las personas.
Durante décadas, la responsabilidad se fue extendiendo hasta volverse difícil de localizar. Cada concesión parecía manejable. Cada temporada justificaba la siguiente. Ninguna decisión individual parecía fatal. En conjunto, generaban un riesgo colectivo.
Por eso, ninguna intervención aguas abajo puede tener éxito de forma aislada. Ningún manantial restaurado puede mantenerse si el sistema circundante continúa comportándose como si cada extracción fuera independiente del resto.
La cuenca está pidiendo cooperación a una comunidad marcada por la escasez, el cansancio y la desigualdad de poder. Eso es más difícil que cambiar un cultivo.

La antigua circulación de Cuatro Ciénegas era agua que fluía a través de piedra, humedales y manantiales.
La nueva circulación debe incluir la confianza.
Los datos, el asesoramiento técnico, el conocimiento local y la moderación compartida deben circular entre las personas del mismo modo que el agua circulaba antiguamente por la cuenca: atravesando fronteras, sin detenerse donde resulta menos conveniente continuar.
El profesor Castillo vuelve a observar el terreno. La cuestión ya no es solo qué se puede cultivar aquí, sino si el sistema humano puede aprender a funcionar dentro de los mismos límites que siempre ha tenido el sistema hidrológico.

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